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Por: Ana Hernández Hernández

Apreciar en sus rostros el desconcierto y la mirada perdida en el infinito como quien trata de adivinar, qué será de mí y de quienes como yo no pidieron llegar al mundo, es una experiencia realmente conmovedora y desgarradora, que en no pocas ocasiones se aprecian a través de diferentes televisoras.

Los niños, esos que Martí los consideró como la esperanza del mundo, se han convertido en los más vulnerables ante fenómenos naturales, las guerras y también del injusto desequilibrio entre ricos y pobres.

Si volteamos la vista hacia el Oriente Medio, ahí están las imágenes de afganos, iraquíes y paquistaníes, que no dejan margen a la duda de cuánto sufren los más pequeños ante bombardeos indiscriminados, ante fuegos de artillería tanto aérea como terrestre.

Otro de los fenómenos que arremete contra la niñez es precisamente el hambre, la desnutrición y la violencia,  que casi en la totalidad de los casos,  trunca la vida de quienes aun desconocen hasta el significado de las palabras, arrogancia, prepotencia, ansias de dominio y expansión, entre otros términos no menos escalofriantes,que la hegemonía de las grandes  potencias pretenden imponer como modelo mundial.

Cuando llegan a la vista semejantes imágenes disímiles interrogantes acuden a la mente, algunas con respuestas y otras que quedan  tan trunca como la propia vida de esos infantes.

Cuando llegan a la vista semejantes imágenes,  acude a la mente también la satisfacción de saber, que ninguno de esos niños, para bien de los que nacimos, crecimos y vivimos en el verde caimán del Caribe, que absolutamente ninguno de esos niños, es CUBANO.