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Por: Ana Hernández Hernández

Cuando las imágenes de Haití golpean en mis ojos, el corazón se me apretuja y me duele el alma, al apreciar un pueblo, que en medio de la nada o de casi nada trata de sobrevivir con un desamparo y en condiciones infrahumanas, que en no pocas ocasiones he llegado a pensar que desaparecerá la isla hermana.

Las cifras de muertos y contagiados por el cólera hacen que se me ponga la carne de gallina y se me oprima el pecho, cuando pienso que los más vulnerables y expuestos al peligro son precisamente los niños.

Una esperanza aparece cuando veo a mis compatriotas de la salud que hacen hasta lo imposible porque la temible enfermedad no cobre una vida más. Ahí están  mañana, tarde y noche, pegados a los casos más graves, a los que más los necesiten, pero…. Quien será el que más los necesite, si están tan a la deriva, que la existencia en ese país creo que ha llegado a convertirse en un mito.

Naciones Unidas ha tenido que reconocer públicamente que el llamado a la emergencia para evitar la propagación del cólera en Haití ha resultado hasta el momento una respuesta insuficiente, excepto Cuba, el primer país en responder en el envío de personal médico adicional.

También indicó que Cuba, junto a Venezuela y otros países de la Alianza Bolivariana para los Pueblos de Nuestra América acordaron formular un nuevo programa para contribuir a la restauración y fortalecimiento  del Sistema de Salud Haitiana.

Se me oprime el pecho con lo de Haití, pero con respuestas como estas, quizás no todo esté perdido, porque aquí,  en esta pequeño país bloqueado económica, comercial y  financieramente por la principal potencia del planeta siempre habrá alguien que salga a entregar su corazón.