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Por: Ana Hernández Hernández

El 8 de enero de 1959, lo que anunciaba ser un día normal como los anteriores a ese año, se convirtió en un momento único para la historia de la Patria.

El OCTAVO día de uno de los meses más fríos del calendario golpeó con aires de estocada los caparazones de la tiranía. La entrada triunfal de los barbudos, colmados de alegrías, nervios, lágrimas, abrazos representó la bofetada más grande a los esbirros.

La entrada de la Caravana de la Libertad, integrada por las tropas del Ejército Rebelde en marcha desde Oriente, liderada por el insigne Fidel Castro Ruz, constituía un paso decisivo para lograr todos los proyectos de la naciente revolución.

El momento fue indescriptible, apoteósico: niños, jóvenes, ancianos, hombres y mujeres del pueblo, todos querían saludar, apretar manos, abrazar y besar a los rebeldes, dándoles las gracias por la mejor oportunidad de sus vidas.

52 años después aun resuena la histórica frase  “Voy bien Camilo”, y realmente iban bien, junto al pueblo que vitoreaba la entrada de los barbudos de la Sierra y el llano, y con ellos la definitiva independencia.

El camino hasta allí no había sido fácil, pero desde ese momento en lo adelante no sería menos complicado. Con el triunfo de la Revolución y el rumbo de los acontecimientos, en poco tiempo el enemigo comenzó a tejer sus coordenadas parta desbancar aquel cambio, que como Revolución al fin había llegado a Cuba, y con la llegada a la Mayor de Las Antillas impedir que los Estados Unidos se extendiera con gran fuerza sobre nuestras tierras de América.

Por eso aquel 8 de enero de 1959 no fue un día normal, fue de fiesta, de júbilo, alegría y por encima de todo, fue un día donde la proa de la libertad definitiva llegó para nunca retroceder ni para coger impulso.