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Por: Ana Hernández Hernández

 A 12 años del devastador terremoto en la más humilde y olvidada de las tierras hermanas del Caribe, el dolor, el sufrimiento y las lágrimas no se apartan de su gente. Haití me duele cuando veo sus imágenes, y cuando creo que se ha agarrado al corazón de muchos aun falta tanto por hacer y tanto por darle.

Cuán simple quedan muchas cosas ante tanto descocierto de su gente, ante tanta destrucción, antes tantos niños de miradas ensombrecidas por un futuro, al parecer nada promisorio.

Este 12 de enero, cunado los recuerdos de las primeras imágenes llegan a la mente, ya ha transcurrido un año de la catástrofe que dejó 230 000 fallecidos, 300 000 heridos y más de un millón de damnificados.

Ha pasado un año y la pequeña nación caribeña permanece de rodilla y con el alma rota. La ayuda no llega como debía, por lo que no es suficiente, y mucho menos para un país donde el 80 por ciento de su población respira bajo el umbral de la pobreza.

Luego del terremoto le sucedió la epidemia del cólera, cuando todo esto sucedía, 12 años antes ya Cuba prestaba colaboración médica en la tierra de Lauvertiere y continua haciendo frente a la muerte y son ya 18 los días sin reportar fallecidos por el mortal padecimiento, en los 63 centros atendidos por los cubanos.

A un año del terremoto, allí están los cubanos prestando la solidaria ayuda a la hermana nación caribeña, sinembargo la comunidad internacional ha negado la yuda prometida. Haití sigue siendo una gran envoltura de penurias y necesidades. Haití  me duele y me apretuja el corazón.