20110122145832-villanueva.jpeg

Por: Ana Hernández Hernández

Apenas iniciaba la contienda libertadora del año 1868 en el oriente cubano y los aires de justicia redentora por Carlos Manuel de Céspedes, en La Demajagua, en el occidente del país existía una aparente tranquilidad y al parecer todo estaba bajo control de la dominación española, pero La Habana se empinaba en silencio.

En la manigua redentora se multiplicaban las acciones victoriosas de los insurrectos, cada vez con más fuerza la llama emancipadora de los que en occidente simpatizaban con las acciones crecía a pasos agigantados, tras el manifiesto de independencia proclamado por Céspedes unos meses antes.

La trágica función del 22 de enero del  año 1869 en el Villanueva resultó una consecuencia de lo sucedido en la representación anterior. Sin embargo, varios eventos precedentes influyeron y convulsionaron a La Habana durante ese mes.

En la noche del 21 de enero se cocía el plato fuerte de la próxima jornada. De nuevo subirían a escena los bufos. Se presentaba una función en honor a una conocida actriz de la época, Florinda Camps, quien, como la calificara un historiador pro anexionista de entonces, era famosa por su maestría al interpretar papeles en obras antiespañolas.

En escena el popular guarachero Jacinto Valdés, apodado el Benjamín de la Flores, mientras cantaba dio un viva a Céspedes en medio de la pieza El perro huevero, aunque le quemen el hocico, de Juan Francisco Valerio. El gobernador político López Robert solucionó el caso con una severa advertencia y una multa de 200 pesos, por escándalo, al dueño del teatro, José Nin. Se declaró entonces que la postura de Valdés fue resultado de su borrachera.

Para la función del viernes 22 los ánimos estaban aún más caldeados en las calles habaneras. El propietario del Villanueva, quien nada tenía de timorato, anunció el espectáculo en beneficio de “unos insolventes”.

Se rumoró por la ciudad y la prensa insurgente se hizo eco de que los fondos allí recaudados serían para la Revolución. La verdadera historia se revelaría un año después.

Esta vez, el Cuerpo de Voluntarios ya no sería atrapado por la sorpresa como el día anterior. Prevenidos, se hallaban ocultos en un foso de las murallas, contiguo al teatro. Y al escuchar los aplausos aprobatorios de los espectadores irrumpieron a golpe de tiros y bayonetazos contra los presentes, quienes intentaron huir horrorizados.

De aquella matanza jamás se conoció el número exacto de las víctimas. El Gobierno vetó a la prensa para que no tomara cartas en el asunto y Dulce lanzó un comunicado a través del cual pretendió levantar un muro de silencio sobre los crímenes del “benemérito Ejército”. Ningún culpable fue enjuiciado y la descarga de ira integrista se prolongó durante tres jornadas consecutivas en la capital.

En apenas ocho meses estrenaron numerosas piezas, de las que apenas se conserva algo, y aunque su repertorio no gozó de una dramaturgia excelsa, dejaron obras importantes por su estructura dramática, como Los negros catedráticos, de Pancho Fernández, y por su significado histórico, como el sainete de costumbres o juguete cómico que selló la noche del 22 de enero.

Desde 1980 nuestro país considera la efeméride como el Día del Teatro Cubano, en tributo a los que se afanaron por refrendar la identidad nacional y cultivar un teatro diferenciador, sustentado en un sentido patriótico, inédito en nuestra tradición escénica hasta ese momento.