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Por: Ana Hernández Hernández

“Había que tener carbón y agua para siquiera pararse en la puerta de una clínica, porque cuando aquello no existían tantos hospitales”.

Así irrumpió la conversación con Gregoria Hernández Cardoso, una anciana de 77 años, que vivió los vejámenes del modelo económico-social, que imperaba en Cuba antes de 1959- y después argumentó-“uno de mis hermanos, el más chiquito, se enfermó una vez y necesitaba un plasma, sabes que lo primero que le pidieron a papá fueron 89 pesos, para ponerle el plasma, lo que es hoy una transfusión”.

Sus ojos y su pensamiento vienen y van en el tiempo y parecen dibujar aquel propio instante de pesar, pero enseguida dice- “Mija ¿sabes qué tuvo que hacer papá, para salvarle la vida a Merquiades?... vender la vaquita con que nos daba leche a los 9 hijos…”  se detiene, levanta la vista y dice:”pero no se murió mi hermano".

Goya, como se le conoce en la familia y los vecinos, hace un alto y dice sonriendo… “pero llegó el Comandante y mandó a parar, se acabó el abuso, donde la vida de muchas personas era un negocio para los que tenían dinero”… levanta su brazo e indica. “Ahora, mira aquí mismo a una cuadra, y en aquella otra, un poco más allá, hay un médico de la familia, pero están los policlínicos, y yo me declaré diabética hace como 5 años y tengo dieta de leche y carne de res”.

La anciana no deja de ir al pasado y comparar con este presente, que según ella tanto hubiera querido tener en su juventud, y sigue contando:“hace un año más o menos me caí, como mi hija estaba en el trabajo, los vecinos me llevaron para el hospital. Me hicieron placa y análisis, por aquello de la diabetes, me hicieron de todo y no costó ni un kilo, hasta en camilla me pasearon de un lado para otro en el hospital”. Finalmente me dice: “mija ahora no es como antes, no hay que tener carbón y agua para cuando uno necesite ir al médico”.